Athelnulf

Elfo del Valle Sagrado

Description:

Athelnulf contemplaba las estrellas desde la copa de un portentoso roble. En lo más profundo del Valle Sagrado la arboleda se hacía casi impenetrable. Aun desde la rama más alta de las estrellas se veían a través de las hojas otoñales. Para los elfos silvano tanto las hojas como las estrellas (ambas incontables) pueden ser reconocibles y sagradas.

El Valle Sagrado nació como la unión de los designios de la tierra y el cielo estrellado. El mundo que hoy pertenece a los codiciosos hombres fue ua vez habitado por los elfos. En esas tierras levantaron ciudades, puertos y fabulosas fortalezas. Los elfos, aun siendo una raza sabia y poderosa como ninguna, cayeron ante los invasores humanos que asentaron su civilización anegando las creaciones élficas.

Aun hoy el Nathoross (que podriamos traducir como la catástrofe o el desastre en lengua elfica) sigue siendo en gran parte inexplicable. Quizas una explicación sea la desgana vital de los elfos o una consciencia del propio destino para nosotros inexplicable. Sin embargo los elfos de lo que conocemos como el Valle Sagrado no se resignaron a ser exterminados o a exiliarse lejos de sus tierras natales.

El rey Athelstan plantó cara a los invasores en batallas memorables que resuenan en los cantos de los elfos y los hombres. A pesar de todo la derrota era inexorable. Los elfos debe su salvación a la vidente Hipalass, la consorte de Athelstan. Mientras los ejércitos humanos se acercaban ella imploraba desesperada a los dioses sin obtener respuesta. Una noche tras ofrecer libaciones a las estrellas, el sol, la luna y la bóveda celestial quedó dormida en el altar entre sus lágrimas y obtuvo un sueño de inspiración divina.

Dos águilas reales volaban alto en los cielos y hablaban con las estrellas y en ese momento eran derribadas por sendas flechas. Las aves agonizantes eran devoradas por las bestias y las alimañas y las serpientes e incluso las ramas y las raices de los árboles. Hipalass supo qué hacer para salvar a su pueblo.

Convenció al rey Athelstan de que la ayuda no vendría esta vez de las divinidades celestes, que ignoraban deliberadamente sus súplicas, sino de la Tierra. Athelstan e Hipalass oficiaron un último rito cuyo sacrificio no sería otro que ellos mismos. Junto a Dendross, el árbol sagrado, los reyes fueron devorados por las bestias y el mismo árbol. Durante 9 días con sus noches sus cuerpos fueron desmembrados por las ramas y las raíces y sus despojos devorados por las aves de rapiña. Solo la última noche, cuando sus cuerpos eran ya parte de la tierra y sus sangre corría junto a la savia de los árboles, pudo terminar su agonía con la muerte.

Al finalizar los 9 días el antiguo reino de Athelstan fue corroido por una inpenetrable maleza. Los elfos vieron como su viejo hogar se cubría de un bosque siniestro que devoraba con su crecimiento sus antiguas mansiones. Sin embargo el bosque se convirtió en mejor protección que sus fortalezas. Los hombres huyeron completamente aterrorizados pues el nuevo bosque era vengativo y sabía como defenderse.

Los elfos quedaron apesadumbrados por el colosal sacrificio de sus reyes pero pronto se acomodaron a su nuevo hogar y se dieron cuenta que no solo había cambiado su entorno, ellos mismos se eran criaturas diferentes, más desconfiadas y evasivas. Los elfos no renunciaron a su comunión con los astros pero han añadido a ésta la adoración a la Tierra sagrada y al bosque cuyo centro es Dendross, uno de los árboles ancestrales. Los altos elfos se horrorizarían si descubriesen la naturaleza sangrienta y desenfrenada de los rituales del Valle Sagrado pues la naturaleza tiene un lado salvaje que no se puede ignorar.

Athelnulf nació hace unos 70 años humanos, por lo tanto es un joven elfo para su pueblo. Ha sido criado para convertirse en uno de los guardianes del Valle y sin embargo su corazón anhela algo diferente. Las videntes le revelaron su unión con la estrella Kalaithemo. Un astro rebelde que aparece y desaparece del cielo a capricho; lo que presagia una vida azarosa y a contra corriente.

Una noche fue llamado al santuario de Dendross por las videntes, que son las líderes de los elfos silvanos desde el sacrificio de Athelstan e Hipalass, puesto que nadie fue considerado digno de suceder a tan grandes reyes. Esa noche de Luna Nueva Kalaithemo emitía un brillo abrumador, un acontecimiento extraño. La luz de Kalaithemo teñía de plata las hojas superiores del árbol Dendros y Athelnulf quedó distraído durante un buen rato frente a las hieráticas videntes.

La vidente habló:

Athelnulf, hijo del bosque. La estrella Kalaithemo nos ha hablado. Nos ha pedido que enviemos a alguien bajo su protección para un cometido especial. Como sabes Dendross es el centro de nuestra tierra desde que los reyes se unieron gloriosamente a la Tierra. Debemos revelarte que existen más árboles de su misma naturaleza; están repartidos por las tierras que antes de la llegada de las hordas humanas nos pertenecían y que nuestros parientes no fueron capaces de proteger como sí hicimos nosotros. . Hace siglos que nadie sabe de ellos, en algunos casos no sabemos ni siquiera si siguen existiendo. Los árboles sagrados recibieron los nombres de Thalassos, Taumatos, Nethessios, Ophidios y Kerumnos. Tus destinos te conducirán lejos de aquí, eres un joven inexperto y no todos aquí están de acuerdo pues piensan que el mundo es peligroso y que tú eres aun débil e imprudente. Dime Athelnulf, ¿estarás dispuesto a partir?.

Athelnulf partió de su patria y por primera vez se sintió vivo y único entre sus iguales. Miró por última vez la frondosa belleza de Valle Sagrado y partió entonando una vieja canción, una que evocaba las desaparecidas creaciones élficas.

Bio:

Athelnulf

AME - El continente perdido Souhiro